INTRODUCCIÓN
PRIMER CAPÍTULO DE LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA
Descubre un adelanto exclusivo del primer capítulo de mi nueva novela donde los inmortales luchan contra un enemigo invisible.
¿AÚN NO SABES DE QUÉ TRATA LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA?
En LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA, seguimos la historia de los inmortales que enfrentan oscuros secretos y poderosos enemigos, mientras luchan por encontrar respuestas a sus propios orígenes y por qué están atrapados en un ciclo interminable de vida y muerte.
¿POR QUÉ LEER LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA?
Si te apasionan las historias de fantasía histórica llenas de misterio, secretos ocultos y una trama que juega con el tiempo, LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA te llevará a un mundo donde los inmortales deben enfrentarse a dilemas éticos, luchas internas y, sobre todo, el desafío de descubrir quién o qué está detrás de su inmortalidad.
PRIMER CAPÍTULO DE LA MARCA II: COMIENZA LA CAZA
Jerusalén (33 d. C.)
«—¿Estás loco? De ninguna manera te ayudaré a robar el cadáver de Jesús para examinarlo».
Arkaluz lo había dejado claro.
Titubeé.
Al atardecer del día de la crucifixión, comenzaba el Sabat judío. Era viernes y, hasta el sábado al anochecer, solo se permitía el descanso y la santificación. Según la tradición judía, este tiempo se dedicaba a la reflexión y a la celebración de la creación del mundo. Se prohibía realizar una serie de actividades, como encender el fuego, preparar alimentos, tareas laborales y las visitas a tumbas para ungir con perfumes y especias el cuerpo de un fallecido.
Nadie se acercaría a la gruta.
Era una buena oportunidad, aunque una loca misión.
Intentaba convencer a mi gigante amigo Arkaluz, que no cesaba de culparme por todas sus desdichas, de que no robaríamos el cadáver, que solo entraríamos para buscar la marca en el cuerpo de Jesucristo.
De pie, inmóvil en el pequeño jardín que rodeaba la parte delantera de la gruta en la que habían enterrado a Jesús, miré, incapaz de pestañear, el hueco horadado en la roca. La enorme y pesada piedra redonda que tapaba la entrada al sepulcro parecía aumentar de tamaño por momentos. Se me antojaba más grande e inamovible cada minuto que transcurría.
Aunque, al final, logré persuadir en cierta medida a Arkaluz, en ese momento me asaltaron las dudas.
—Te ayudaré a distraer a los guardias y a mover la piedra de la entrada. No quiero saber nada más —dijo Arkaluz con su potente y dura voz.
No era suficiente ayuda para lo que yo tenía en mente, pero por el momento bastaba.
Desconocía si entrar en un sepulcro a hurtadillas y manipular un cadáver estaba prohibido por la ley judía. Suponía que sí, aunque ese no era mi mayor problema.
Mis dudas eran de índole ética, moral y, sobre todo, emocional.
La intensidad de la experiencia vivida los últimos meses con Jesucristo superaba con creces todos los acontecimientos inexplicables ocurridos en mi larga vida. Me consideraba un avezado veterano, un experto en vivir, un entendido versado en el arte de la existencia, pero cuando intervenían los sentimientos en escena, me convertía en un novato ingenuo y un poco cobarde.
Examinar un cuerpo muerto en la oscuridad de la noche, era una intromisión bestial a la intimidad de una persona y de su familia. El recuerdo de la penetrante mirada de Jesucristo acudía una y otra vez a mi mente.
Por una parte, estaba muy convencido de la necesidad de examinar ese cadáver y localizar la marca, porque no cabía duda de que Jesús era otro «marcado».
Su nombre, lugar de nacimiento y reinado de esa época, estaban plasmados en mis láminas, en mis queridísimos textos.
Jesucristo Belén Herodes
Y su marca. Una marca muy especial.
Una corona de espinas.
Tenía que buscar esa marca en el cuerpo de Jesús.
¿Sería igual que la corona que los soldados romanos le colocaron antes de ser crucificado?
Pero, aunque la encontrara, Jesús ya estaba muerto. Y, si estaba muerto, no era un inmortal como nosotros.
Las dudas al respecto de quién era ese hombre y por qué había fallecido eran superiores a mis titubeos emocionales y supe que tenía que inspeccionar su cuerpo sin remedio.
—¡Vamos!
Me dirigí hacia la tumba. Me sudaban las manos y mi corazón latía un poco desbocado. Estaba más nervioso de lo que pensaba.
Arkaluz, que ya se había ocupado de «distraer» a los guardias, me siguió arrastrando los pies. Nos colocamos uno a cada lado del pesado pedrusco.
Fue muy fácil. Casi no tuve que esforzarme, ya que Arkaluz retiró la redonda piedra de la roca de un fuerte tirón. Luego, la empujamos con suavidad. Rodó paralela a la pared. En cuanto la abertura fue suficiente para poder colarnos dentro, Arkaluz se marchó dando grandes zancadas, tal y como había prometido.
Lo vi saltar por encima de los dos guardias que, tirados en el suelo uno sobre el otro, como una pareja de amantes, permanecían inconscientes. El gigante se había acercado a ellos un momento antes, con mucho sigilo, lo cual era bastante inaudito en él. Sujetó a cada uno por la nuca con una mano y juntó sus cabezas por la frente. El ruido que hicieron esas cabezas al chocar me puso el vello de punta. Rogué que estuvieran vivos.
Inspiré profundamente y entré.
La oscuridad era total.
Tuve que esperar varios minutos hasta que mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Distinguí un diminuto pasillo que daba acceso a una pequeña sala cuadrada.
El contorno de un bulto descansaba en el suelo.
El ambiente era denso, impregnado de olor a tierra y a humedad.
Me aproximé con cautela.
Me puse de rodillas y, con las manos temblorosas, alcancé la figura apartando la tela de lino que la cubría.
El cuerpo de Jesucristo, delgado pero robusto, se encontraba destrozado.
Mi corazón latía con fuerza cuando extendí mis dedos y lo toqué. Estaba frío al tacto, pero su rostro, a pesar de estar desfigurado y lleno de sangre, mostraba sus suaves y definidas facciones con una serenidad casi sagrada.
Aunque el fuego de la curiosidad ardía en mi interior, tuve que armarme de valor para comenzar a examinar el cadáver.
Cada herida, cada golpe, cada cicatriz susurraban un dolor infinito, más allá de lo físico. Mis dedos encontraron la corona de espinas bordeando la frente y mezclada con su cabello ondulado que le llegaba por debajo del hombro, a la misma altura que su negra barba.
No era una marca, era real, auténtica, afilada y húmeda de sudor y sangre.
El tiempo pareció detenerse.
Mis dudas y miedos desaparecieron.
En la oscuridad de la cueva, con el eco de mis propios pensamientos, tuve la certeza de que estaba en el lugar adecuado y de que encontraría las respuestas, aunque estas desafiaran mi propia comprensión del mundo.
Un ligero murmullo resonó a mi espalda, rompiendo el silencio sepulcral. Mis sentidos se pusieron alerta de inmediato y busqué el arma que portaba oculta en mi túnica.
El murmullo fue acercándose hasta transformarse en un ruido persistente que parecía emanar de las propias profundidades de la cueva.
Me alejé despacio del cuerpo y me asomé a la entrada. Mis oídos captaron unos pasos en el exterior que se iban aproximando.
Antes de que pudiera reaccionar, una figura se materializó frente a mí. Creo que mi corazón dejó de latir unos segundos.
Cuando la poca luz que se filtraba del exterior la iluminó, me mareé.
Era Arkaluz, quien me sostuvo para no caerme al suelo.
—¡Me-menudo susto me has dado! —logré articular.
—¡Unos guardias se dirigen hacia aquí! —susurró Arkaluz con voz llena de tensión.
Regresé corriendo y cubrí el cuerpo de Jesucristo.
Volvimos a la entrada con rapidez.
Un grupo de soldados romanos nos esperaban.
Iban armados, y su expresión pasó de la cautela a la sorpresa.
—¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué hacéis aquí? —exigió un soldado con tono autoritario, dejando muy claro que no estaba nada contento de vernos.
—Estamos aquí en misión sagrada —dijo Arkaluz con su potente voz resonando en el sepulcro. Se mantuvo firme en su sitio, consiguiendo intimidarlos con su imponente presencia—. No pueden interferir.
Los soldados no estaban dispuestos a retroceder. Uno de ellos avanzó hacia nosotros, sacando la gladius del cinturón. Esa espada era temible. La utilizaban en el combate cuerpo a cuerpo. A pesar de ser corta, su anchura era capaz de hacer mucho daño. El soldado que había preguntado se protegió con un enorme escudo que cubría casi todo su cuerpo, mientras los demás se preparaban para el combate.
—Nos importa bien poco vuestra misión —dijo otro soldado—. Nuestra labor es mantener el orden, y que dos intrusos se cuelen en una tumba está prohibido. Vamos a deteneros. ¡Salid ahora mismo!
La situación se complicaba por momentos.
Me había equivocado en mis cálculos. No esperaba encontrar a ningún judío, pero no pensé en los soldados romanos.
No podía consentir que llegaran a descubrir lo que estábamos haciendo. Enfrentarse a ellos tampoco era una solución plausible.
Tenía que idear algo con rapidez para salir con vida de esta situación y sin levantar sospechas.
—Nuestra misión es espiritual. Somos pacíficos peregrinos y solo buscamos consuelo—dije utilizando mi tono más persuasivo y calmado—. No tenemos intención de infringir las leyes romanas ni causar problemas. Pedimos disculpas por nuestro error y suplicamos que nos dejen ir en paz.
Hubo un intercambio de miradas entre los soldados, indecisos sobre qué actitud tomar. Justo cuando parecían estar a punto de atacarnos, un estruendo resonó desde un extremo del cementerio.
Una enorme horda de enfurecidos aldeanos apareció al fondo del jardín. Portaban antorchas y armas improvisadas, como palos y horcas. Gritaban con furia, muy enojados, aunque sus palabras eran incomprensibles.
Los soldados se dieron media vuelta para enfrentarse a la nueva amenaza que se aproximaba y se olvidaron de nosotros.
Arkaluz y yo nos miramos incrédulos. La situación tomó un giro inesperado. Por pura suerte, acabábamos de evadir un gran problema.
Salimos del sepulcro y, sin dudar un segundo, nos alejamos con paso presuroso.
Cuando llegamos a un lugar más seguro, me detuve. Arkaluz continuó caminando hasta percatarse de que iba solo.
—¡Vamos! No te detengas —me gritó haciendo gestos con las manos.
—Tenemos que regresar.
—¿Qué? No. No pienso volver.
—No tuve tiempo de examinar bien el cuerpo de Jesucristo. Ahora es el mejor momento. Los guardias no esperarán que volvamos.
—A menos que hayan descubierto a los dos soldados que duermen entre los arbustos.
—Si los hubieran visto nos habrían atacado sin hacer preguntas.
—Eran muchos.
—Sí, pero están ocupados deteniendo y peleando con todos los vecinos del pueblo.
—Vete solo, yo vigilaré para asegurarme de que no vuelven.
—Debes venir conmigo. Si han vuelto a colocar la piedra rodante, no podré retirarla yo solo para entrar.
—¿No dices que están ocupados? Seguro que no han tapado el agujero.
No era poco que Arkaluz se ofreciese a vigilar.
Asentí con un gesto de agradecimiento y regresé por donde habíamos venido.
La oscuridad de la noche era total y el cielo estaba cubierto de nubes negras que no dejaban filtrar el reflejo de la luna.
Nos habíamos alejado más de lo que pensaba. El camino de regreso se me antojó solitario. Solo el eco de mis propios pasos y el susurro de un ligero viento en las copas de los árboles interrumpían el silencio.
No me importaban los peligros que conllevaran mi decisión. Mi ansioso y desbocado corazón me empujaba hacia Jesucristo con un sentimiento de temor y, a la vez, de serenidad y confianza.
Cada paso me acercaba al único lugar del mundo en el que deseaba estar.
Antes de llegar al pequeño jardín delantero del sepulcro, me aseguré de que no quedaba ninguna persona cerca. Arkaluz tenía razón, los soldados romanos habían olvidado tapar la entrada y la piedra rodante descansaba donde la habíamos dejado nosotros.
La noche era muy oscura.
Con extrema lentitud, me fui acercando a la sepultura.
Me detuve frente a la entrada, empezando a dudar de nuevo si mi intención era correcta.
Estaba claro que no.
Sin pensarlo más, avance unos pasos para adentrarme en la gruta.
No sé cómo, pero un tímido rayo de luna atravesó las densas nubes filtrándose por las rendijas de las rocas e iluminando con timidez el lugar del suelo donde Jesucristo yacía.
Esta vez, algo era diferente.
¡Solo estaba la sabana de lino!
Ante tan sorprendente visión, la confusión se adueñó de mí mientras intentaba procesar lo que veía.
Pero ¿quién se había llevado el cuerpo? ¿Los soldados romanos? ¿Los aldeanos furiosos?
Mi mente, bastante bloqueada, buscaba respuestas a mil por hora. Respuestas que se me escapaban entre los dedos como la blanca arena del desierto.
La tela mantenía la forma de la silueta de Jesucristo, pero sobre la tierra.
Una idea cruzó por mi mente.
Era tan obvia que no entiendo por qué me costó tanto pensarla. Jesucristo era inmortal como yo, solo que él tardaba más tiempo en regresar después de morir.
Además, esto tenía mucho sentido, porque no hubiera podido salir del ciclo de castigo y daño físico. No existía forma de haber evitado su crucifixión y posterior muerte.
Pero, sí de esta manera.
El misterio y la intriga desaparecieron de golpe.
Aunque… Algo no me cuadraba.
Reflexioné un poco más.
En realidad, Jesucristo no había evitado la muerte. Yo fui testigo, desde la primera fila, de cómo le clavaban una puntiaguda lanza en el pecho y dejaba de respirar. Había sentido su tacto frío en mis manos.
No. No era un inmortal como yo.
Él era diferente.
En mi interior, sabía que él era especial.
Me puse en pie, agitado y confuso, cuando en la penumbra de una esquina de la gruta se materializó una figura, emanando una ligera luz blanca que desapareció enseguida.
Jesucristo me sonreía con sus labios bien formados que tapaban unos diminutos dientes de tono marfil. La nariz, recta, sobresalía bastante por encima de su boca.
Todas sus heridas habían desaparecido.
Ante mí, estaba el mismo hombre que conocía desde meses atrás. Me acerqué a él, tan cerca que me inundó con un ligero aroma a flores.
—Te estaba esperando, Enki —dijo con su voz melosa y profunda.
Me miró con sus ojos almendrados. Eran muy expresivos. De color oscuro, pero no negros, sino más bien avellana con pequeños matices dorados.
Pasó su brazo por encima de mi hombro y, con suavidad, me llevó hasta la sábana que permanecía en el suelo.
Ante mi asombro, se dejó caer sobre ella con agilidad y cruzó las piernas, colocando cada pie sobre el muslo opuesto.
—Siéntate conmigo —me dijo, dando unos golpecitos con la palma de la mano en el suelo al verme de pie, pasmado y con cara de no saber qué hacer.
Sentía una mezcla extraña de respeto, reverencia y gratitud. Sentía que me encontraba ante algo que trascendía el tiempo y el espacio, algo que era mucho más grande que yo, algo que marcaría mi camino y mi vida.
Me senté, claro.
Quedamos los dos en paralelo, mirando hacia la pared de piedra. Él rio con ganas y se levantó. Movió la sábana de tal manera que se sentó de nuevo, pero de frente a mí.
—Así mejor.
Asentí, todavía sin palabras que llevar a mi boca.
—Supongo que tienes muchas preguntas para mí.
Asentí de nuevo.
—Yo tengo un mensaje para ti.
—¿De quién? —pude pronunciar por fin.
—Bien, pensé que te habías quedado sin voz —dijo sonriendo—. Tranquilo, soy un hombre igual que tú, solo que con mucha más información. Tenemos bastante de lo que hablar.
—Y, ¿crees que este es el lugar indicado? Puede que vuelvan los soldados romanos o la gente del pueblo y nos encuentren aquí sentados —pregunté, aunque antes de terminar de hablar ya me había arrepentido.
—Nadie va a venir, pero si no estás cómodo podemos ir a otro sitio —dijo Jesús, muy en serio, mirando a su alrededor.
—No, no, está bien. Disculpa.
Pero ¿cómo era posible hacer semejante pregunta?
Después de lo que había visto y de mis propias experiencias, preocuparme de que nos vieran allí era absurdo. Es más, podría ser que ni estuviésemos en su tumba. Quizás nos encontrábamos en otra dimensión o en otro planeta. Igual, ni siquiera existíamos.
—¡Venga! Hazme tu pregunta —dijo Jesús sonriendo.
—¿Tienes la marca de nacimiento? —dije en voz tan baja que creí que no me había oído.
—Sí. Mira.
Agachó la cabeza hasta tocar sus rodillas y se apartó el cabello, justo en la parte superior y central del cráneo. Una pequeña marca con forma de corona de espinas se veía con claridad, pues sobre ella no había pelo.
—Tengo otra pregunta. ¿Eres igual que yo? Quiero decir, he sido testigo de cómo te maltrataron. En mi caso, mucho antes de que se produzca tanto sufrimiento vuelvo a la vida. Te vi morir y has tardado un tiempo en volver. ¿Eres un inmortal diferente al resto?
—En general, no. Soy igual que vosotros, pero tengo una habilidad especial. Mi padre me ofreció la posibilidad de intentar enderezar al ser humano con mi sufrimiento, aunque en realidad no siento dolor. Me otorgó un don especial: puedo volver a la vida cuando lo desee, y alguna capacidad más para este momento en concreto.
—¿A qué te refieres?
—Lo comprenderás en unos instantes.
No salía de mi asombro.
Nos sumergimos en un profundo y revelador diálogo. Con cada palabra que pronunciaba, mi comprensión del mundo se expandía y el verdadero propósito de mi existencia comenzó a mostrarse. Un poco.
Mi corazón estaba en paz, y yo, dispuesto a creerme cualquier exposición que saliera de su boca.
Menos lo que me dijo.
—Busca a mi padre, él te explicará todo.
Me quedé atónito. Con voz trémula le pregunté:
—¿A Dios?
—No, hombre, no. A mi padre en la tierra.
—¿A José el carpintero?
—Tampoco, pero no te preocupes, con el tiempo sabrás cómo encontrarle. Ahora, mátame.
—¿Cómo dices?
—Que me mates. Tengo que estar muerto cuando vengan a lavarme y embalsamarme, según órdenes de nuestro padre.
—¿Nuestro padre, Dios?
—Algún día lo entenderás todo, querido Enki. Volveremos a vernos. ¡Venga, saca tu daga!
Jesús se tumbó sobre la sábana con la misma postura que tenía la primera vez que lo encontré.
Esperó con infinita paciencia a que yo me decidiera.
Con una dulce mirada y un leve gesto de su cabeza, me animó a sacar mi cuchillo y a arrodillarme a su lado.
Me sonrió.
—Adiós, hermano.
Y cerró los ojos.
Le clavé la daga en el corazón y cogí su mano.
Me quedé allí sentado hasta que el frío de su piel traspasó la mía, sacándome de las profundas emociones que sentía en ese momento.
Lo increíble fue que, cuando volví a mirar a Jesús, su cuerpo estaba igual de destrozado que cuando le bajaron de la cruz y le dejaron en el suelo de esa gruta.
Supongo que se refería a esto con lo de «alguna capacidad más para este momento en concreto».
Le besé en la frente, por debajo de la corona de espinas.
Estiré la sábana de lino por encima de su figura y salí de la cueva limpiando las gruesas lágrimas que corrían por mis mejillas.
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